NOVELA POR ENTREGAS DE ROBERTO PÉREZ

LAS AVENTURAS DEL ARTISTA MENDOCINO ARMANDO FAZZIO
(Y SU IMPORTANCIA EN LA HISTORIA)


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CAPITULO 1:

Nuestro amigo Armando Fazzio se sentía todo un renacentista. O sea: tan buen artista plástico como poeta; un cineasta de potencialidades extraordinarias y a la vez un dramaturgo notable; un polemista ardoroso y hasta un posible creador de tendencias que cambiarían el rumbo de la sociedad. Incluso, alguna vez en su adolescencia, se animó a coreografiar un ballet contemporáneo (hasta que le hicieron notar que su obra recordaba demasiado a los contoneos de John Travolta en “Fiebre de Sábado por la noche”)
En fin; no lejos de los cincuenta años, sin un cuadro vendido ni un librito editado, creía que la comunidad estaba en deuda con él. Sus incontables obras no habían sido apreciadas como merecían, seguramente gracias a una sarta de burócratas descerebrados que siempre se apropiaban de los fondos con los que la sociedad está obligada a solventar a sus artistas, aún cuando estos no pudieran ser comprendidos por las mayorías poco cultivadas. No importa ese pequeño detalle; al artista hay que bancarlo en tanto y en cuanto se declare como tal. Y punto.
Hambriento de subsidios se levantó una mañana, y luego de liar su humeante desayuno (que también incluía dos enormes tazas de café muy cargado y tres galletitas de soja) partió a ver a su viejo amigo, el flamante Subsecretario de Redundancias Artísticas de Mendoza. Era un viejo compañero de trapisondas estéticas que, al cabo de varios años de ejercer un certero “lustrabotismo progresista” (Dolina dixit), embocó un cargo público ligeramente envidiable. El problema era que todos y cada uno de sus ya ex cofrades de las artes le caían en alegre montón, día tras día, para reclamarle lo que creían merecer. Y eso lo tenía bastante podrido.
De modo que cuando Armando Fazzio llegó hasta la barroca oficina (no sin concertar cita previa la semana anterior y aún así comerse cuarenta minutos de antesala) el Subsecretario no estaba del mejor humor. Consideró que Armando era más o menos el millonésimo conocido que venía a estrujarlo como a una naranja en pos de obtener los dineros públicos que ahora él administraba y destinarlos a cualquier tipo de sandez más o menos artistera. Claro; el funcionario olvidaba a propósito la cantidad de veces que él mismo había hecho lo propio, cuando estaba del otro lado del mostrador. Bueno…nadie es perfecto.
Se encontraron, se saludaron con el beso reglamentario y de inmediato cada uno trató de contarle al otro sus cosas, minimizando derrotas y maximizando dudosos triunfos. Al mismo tiempo, se relojeaban mutuamente. Fazzio observaba con una mezcla de asco y envidia el buen traje y la llamativa corbata de su ¿amigo? (eso se vería después, pensaba) mientras el Subse creía reconocer el mismo morral deshilachado, los mismos mocasines de gamuza de color incierto, el mismo jean informe y la misma remera desteñida con dibujos ya irreconocibles que Armando usaba desde tiempos inmemoriales (o de los que mejor no acordarse, dadas las circunstancias).
Pronto debieron entrar en tema, en el objeto de la reunión (ninguno de los dos se hubiera atrevido a usar el pretérito termino “juntada” que en ciertas épocas gastaban) y hablar claramente: ¿Qué había llevado allí a Armando Fazzio? Llegado ese punto, nuestro artista extrajo de su morral una carpeta bastante presentable, aunque con algunos restos alimenticios pegoteados. La desplegó frente a su interlocutor mientras le explicaba que esa era su idea para una próxima fiesta departamental de la Vendimia.
Y aquí hay que hacer una aclaración, porque esto podrá leerse también en otras latitudes, y habrá quien no lo comprenda de inmediato; Cuando en las cuyanas tierras mendocinas se escucha el grito primal “¡Vendimia!” una parte muy significativa de los artistas locales sufre transformaciones en su comportamiento. Es una especie de “época de brama” para ellos, en la que se lanzan al acoso y apropiación de los fondos públicos destinados a la celebración mayor de la provincia. Es un botín nada despreciable, que suele resolverles la situación económica a varios por algunos meses.
Entre ellos estaba, obvio, nuestro Armando Fazzio. Y a la sazón le enseñaba lo suyo al subsecretario; se trataba de una puesta “realista” para uno de los tantos festejos vendímiales, donde se intentaba dar una imagen de la principal actividad regional más acorde con los tiempos (según Fazzio).
Los bocetos que exhibía y explicaba eran elocuentes; sobre un escenario casi desnudo, apenas iluminado por tres grandes seguidores, se veía en un ángulo a un esforzado labriego trabajando incansablemente la tierra. En otro sector, un señor aspecto impecable y extranjero hablaba (traductora mediante) con otro que fungía como funcionario público y mantenía una actitud sumisa ante los modos imperativos del foráneo. Y en un tercer rincón del escenario, un grupo de estrafalarios turistas tomaban fotos de una reluciente viña y algunos lustrosos toneles.
-La idea (que creo está suficientemente clara) es representar a la vitivinicultura como está ahora: colonizada por extranjeros que manejan a su antojo a los que deberían dirigirla con interés nacional y popular, convertida en atractivo turístico para snobs incultos, y siempre sostenida por los que doblan el lomo sobre el surco de sol a sol…
-Ya veo… ¿y vos crees que la cosa está realmente así?- preguntó el funcionario, reprimiendo una mueca de asco.
-¡¿Qué duda cabe?!- replicó Armando- Es evidente. Y también es evidente que tenemos que romper con las puestas anquilosadas de siempre. ¡Basta de verso! ¡Cortémosla con el desfile de inmigrantes, tangueros, serenateros, comparsas, chabones disfrazados de caballos, tormentas de granizo y toda la gilada de siempre! ¡Hagamos algo realista y con sentido social por una vez! Ahora dejame que te muestre el guión…
Pero el Subse lo atajó al vuelo, sin dejar que Armando terminara de hurgar en su morral.
-Sabés que pasa, loco… no depende de mí…hay un concurso, y el jurado difícilmente deje pasar esto. No quiero hacerte perder el tiempo; está muy bueno, pero habría que hacerle varias modificaciones…todavía tenés un mes por delante para cambiarle algunas cosas, porque la idea es interesante…
-¡Jamás! ¡No voy a hacer concesiones y que mi obra quede lavada y complaciente como las de tantos otros! ¡Yo soy un artista de vanguardia, que no transa con el sistema…! ¿Ehhh…me convidás un pucho?
-Si, tomá…En serio, tratá de…pulirlo un poco más, digamos…acordate que la fiesta de la vendimia es todo un género en si misma, y tiene ciertas convenciones establecidas que…
-Bahh…es lo de siempre. Adaptáte o morite. Bueno, te dejo. Acá tenés mi tarjeta, y si ves que se puede hacer algo, mandame un mail.
-Si, o te llamo para que nos juntemos a tomar algo…
-Y a fumar algo, de paso…-agregó Armando, ya calmado y con sonrisa pícara.
-Bueno, eso no sé…ahora uno tiene obligaciones públicas, una imagen que cuidar que no es solo la propia sino también la de todo un gobierno que está empeñado en trabajar por el bienestar del pueblo y por la grandeza de Mendoza…
-Suficiente; me voy. Ya nos veremos, y en ese caso brindaremos con agua mineral descremada bajas calorías, si querés. Au revoire.
Y partió Armando, dejando a su amigo un tanto azorado.
Al salir del elegante despacho y retomar la calle, recordó que ese día se reunían los miembros de una movida autodenominada “contracultural” que él alguna vez frecuentara. Hasta que un día recibieron un enorme subsidio de cierta multinacional para comprar un espacio que les sirviera como centro artístico, y Armando dejó de ir, en señal de protesta. Meses después, supo que nunca compraron el local, pues uno de ellos se alzó con todo el dinero y huyó a Brasil. Decidió hacerles una visita, a ver como estaba todo.
Pero de eso hablaremos después.


CAPITULO 2:

Como decíamos ayer, Armando Fazzio le atinó a la reunión de un grupo “contracultural” que alguna vez frecuentara, esperanzado en compartir vivencias parecidas. O sea, deseando en su fuero íntimo que todos se sintieran tan mal como él. De eso se trataba.
Llegó nomás al cafetín donde solía juntarse esa gente, encontró a varios de ellos y se sentó a la mesa. La charla giraba mayormente sobre tres tópicos: 1) Que asco da la televisión, y también el fútbol; 2) Que basura son las muestras de arte que se pueden ver ahora en Mendoza; 3) Que sarta de imbéciles son los muy turros que me dejaron en banda con la obra que pensábamos hacer.
Pasaron un par de horas y unos pocos cafés, cuando alguien sugirió: “Vamos a fumarnos uno a casa”. Eso era algo que ninguno del grupo resistía.
Salieron del café, y atravesando a paso rápido el tontódromo del microcentro desembocaron en una tranquila calle de ahí por donde se mezclan la tercera y la cuarta sección, al noreste de la ciudad.
Así, muy resueltos, entraron a un viejo pero coqueto edificio. Palier, ascensor y después se metieron en un decoroso departamentito de dos ambientes, alquilado por uno de los cuates.
Ya desparramados en los heterogéneos sillones, con uno de ellos abocado a las tareas de armado manual, otro buscando envases de cerveza y el dueño de casa preparando café, se reanudó la chala…perdón; eso también. La charla, quise decir.
-Yo no sé que pasa, pero esto no da para más…en realidad, nunca dio para mucho, pero ahora es peor que nunca. Desde que está este gobierno no se le da un jodido peso a la cultura. O sea, a nosotros.
-¿Viste?...está todo como el orto…yo soy muy amigo del Ministro de culturra, pero no me da ni pelota; no responde mis llamados.
-ERAS muy amigo, y yo también. Pero las personas mutan. Acordate de lo que decía Maquiavelo, creo: el poder no cambia a la gente; la muestra como realmente es.
-Claro…siempre me acuerdo de esa fulana…la fotógrafa que vivió conmigo tres años, pero cuando la nombraron Subdirectora Adjunta de Asuntos Visuales en el Ministerio no me tiró ni una puta beca. Son todos iguales.
-¡No, che!; momentito, que cuando yo estuve en la Junta Evaluadora Provincial para Desarrollo de Menudencias Culturales repartí bastante…
-Si, me acuerdo: a tu primo, a tu cuñado, y gracias a vos le dieron una pensión graciable a tu abuelita, la solterona de 90 años que escribió dos libros de poesía dadaísta en 1950 que no se editaron nunca. Pero bueno, algo es algo. Estos de ahora se encanutan toda la guita…
De ese tenor era la charla, mientras un humito dulzón comenzaba a llenar el living. Ya con el café y la cerveza a disposición, Armando se metió de lleno en la conversación para referir su experiencia de esa mañana.
-Fui a ver al cabrón del Cholo para mostrarle mis bocetos y guiones para la próxima Fiesta de la Vendimia…
-Y no te atendió, seguro- interrumpió alguien que ya había pasado por eso más de una vez.
-Si, me recibió lo más bien. Pero dice que a lo mío le falta, que el jurado no lo va a dejar pasar así como está, y que me ponga a “refinar” un poco más la idea.
-Te mandó de culo, en otras palabras.
-No del todo, pero sí. Ya saben como es esto. Es que le presenté una idea más realista, que no estuviera limitada a lo de siempre y no quedara en los lugares comunes. Así me fue.
-Pero a ver: ¿Cuántas de las frases reglamentarias incluiste en el guión?
-¿¿??
-¡Las frases reglamentarias, che! Me extraña: “Los duendes del vino”, “Las acequias cantarinas”, “La dura lucha del labriego que riega con fecundo sudor la áspera tierra primordial”, “El espíritu travieso que baila cuecas y tonadas entre los surcos, anticipando la fiesta de la cosecha”, y todo eso. ¿Pusiste ese tipo de cosas en el guión?
-¡Ni en joda! Esas pedorradas son precisamente las que quiero eliminar para siempre, porque no hacen más que enmascarar la realidad de sufrimiento, despojo y transnacionalización vampírica que estamos sufriendo. ¡Basta de verso!- Se exaltó Armando, en medio de grandes pitadas al fasito.
-Bueno, entonces qué querés…Es obvio que te van a mandar al carajo.
-Yo he querido mostrar la verdad, y no hacer una fiesta para turistas tilingos, que se creen que saben de vinos por que ven a Vidal Buzzi en El Gourmet.com o porque fueron a la finca de Orfila en una excursión. ¡A la mierda con eso!
-Te va a ir mal, loco…así no te van a montar un libreto en la puta vida. Lo mejor sería que hiciéramos algo por nuestra cuenta. ¡Recuperemos la mística del grupo contracultural! ¡Actuemos en forma cooperativa y solidaria! ¡Demostremos que se puede! No sé muy bien qué, pero seguro que se puede…
-¡Si; recuperemos la mística y dejemos de lado la mástica! (al menos hasta la hora de la cena, digamos).
-Ajá… ¿y de donde va a salir la guita?- dijo quien era, habitualmente, el más prosaico del grupo.
-¡Que calienta, loco! Eso ya lo veremos. Lo importante es juntarnos y hacer obra. Total, si algo sale mal, no será la primera vez que nos tenemos que meter la obra en el tujes. Y tendremos otra prueba de que la inercia, la incomprensión y el conservadurismo pueblerino siguen reinando en Mendoza. Al menos para seguir puteando un buen rato nos va a servir. En caso que se produzca el milagro y nos acepten la propuesta, embolsaremos unos lindos mangos.
-Y bue…démosle para adelante…- aprobaron todos casi al unísono.
Uniendo la acción al pensamiento, y no sin liarse otro e ir a buscar más cerveza al drugstore en que le fiaban a dueño de casa, tiraron unas hojas en blanco sobre la mesa para comenzar a esbozar las actividades “vendímiales” que imaginaban.
-Veamos; todos o casi todos somos profesores de arte o algo parecido ¿no? Bueno, entonces tenemos la posibilidad de enseñarle al mundo como son las cosas por acá, sin versos, didácticamente pero sin caer en lo sentencioso. Manejamos las herramientas para hacerlo- pontificó nuestro protagonista.
-Si; yo, que enseño en el correccional de menores, hace rato tengo la idea de hacer un video con los pibes de ahí, donde den sus impresiones sobre la vendimia. Estaría bueno. Es la mirada de los excluidos sobre la fiesta en la que nunca participaron.
-No sé…si seguimos con estos quilombos en los colegios, tus “tumberos Kids” van a parecer boys scouts al lado de los pibes supuestamente “normales”. Se te va a descontextualizar el asunto.
-No seas pelotudo… ¿Qué les parece una “intervención” en plena peatonal, un sábado a la una de la tarde, cuando está repleto de turistas, politiqueros y caretas, con nosotros disfrazados de obreros rurales (no necesitamos lookearnos demasiado) repartiendo un folleto pintado a mano (una obra en si mismo) con nuestras verdades, pero escritas en prosa poética?
-¿Y de donde sacamos la plata para los folletos?- inquirió el materialista de siempre.
-Pedimos un subsidio al Comité de Parrandas Vendimieras- le respondió el autor de la idea.
-¡Te van a sacar cagando! No te olvides que todas esas cosas pasan por el Joviet Supremo…
-¡¡¡Uhhh!!!...otro más con ese mito. El Joviet Supremo no existe, macho.
-Si existe. Y es el que manda todo lo nuevo para atrás. Tengo pruebas. Déjenme que les cuente lo que me pasó una vez.
Todos hicieron silencio y se dispusieron a escuchar, sin dejar de beber y fumar, claro. ¿Existía o no el fantasmal organismo que velaba por la pureza y la mendocinidad de nuestro arte? Pronto lo sabremos.

CAPITULO 3:

Recordarán ustedes, espero, que nuestro héroe Armando Fazzio y varios de sus hermanos en el arte se hallaban reunidos en el depto de uno de ellos, fumando no precisamente tabaco, bebiendo birra fiada o café y elucubrando planes de acción para algún día de esos, preferentemente cuando los sones de la vendimia señera llamaran a los cuyanos creadores a dar testimonio sobre los haceres del pueblo (perdón, pero es que los lugares comunes son muy contagiosos)
Y alguien mencionó al mítico y no menos fantasmal “Joviet Supremo”, ente que supuestamente velaba por nuestra pureza artistera menduca. Algunos intentaron descalificarlo, pero quien habló de esto no se dejó amilanar, e insistió en contar su historia.
-El Joviet Supremo existe, señores. Y es particularmente activo en estas épocas de vendimia. Fíjense Uds. que tengo varios amigos que intentaron reformular los parámetros de la Fiesta, y sufrieron accidentes inexplicables. Luego, el asunto quedó en manos de los de siempre, los confiables que no iban a hacer nada raro. Recuerdo particularmente al modisto que intentó crear vestidos novedosos, con influencias posmodernas y materiales reciclados para cada reina departamental, interpretando la personalidad de las chicas. No terminó de mostrar oficialmente su idea, porque un incendio (intencional, según quedó demostrado) destruyó su atelier y todos los bocetos. Y a él lo asaltó cierto taxi boy que le quebró (más todavía) las muñecas, inutilizándolo para trabajar por un año.
-¡Mera coincidencia!- escupieron los demás, casi al unísono.
-No vayan a creer. Un músico conocido mío creó una partitura dodecafónica para la fiesta, lo cual dejaba de lado a las cuecas, las tonadas, los tangos, los carnavalitos y todo lo de siempre. No solo ni consideraron lo suyo, sino que se le metió semejante virus en la compu donde guardaba todas sus obras que tuvo que venderla como desecho. Además le chocaron el auto con él adentro y hubo que sacarlo cortando la carrocería con una sierra eléctrica que tenía algunos cables pelados y le dio tal patadón de corriente que le inutilizó los músculos de los brazos por tres meses. No podía tocar ni el timbre.
-Van dos coincidencias- refunfuñaron los otros presentes.
-Tranquilos, que esto recién empieza. Un escritor muy amigo mío intentó presentar una puesta verdaderamente revolucionaria, en que cada personaje era un “avatar” creado por computadora, y todo se veía en gigantescas pantallas de plasma. Un buen día, descubrió que la esposa lo engañaba con el peluquero de las aspirantes a reina de la vendimia, que su hija mayor se drogaba aspirando mosto concentrado en polvo y que su hijo estaba involucrado en un ataque con aerosoles que pintarrajeó todo el Cerro de la Gloria, y por lo tanto fue en cana, no sin que lo cagaran bien a palos.
-¡Muy impresionante! ¿Y tenemos que tener miedo?- se mofó alguien.
-Piensen lo que quieran, pero que las hay las hay. De hecho, acá estamos intentando algo nuevo, y no sé que será de nosotros. Yo les recomendaría que andemos con cuidado.
-Dejate de boludeces. Voy a comprar un alfajor antes que el faso me pegue más. Ya vengo- dijo uno, y se dirigió a la puerta del departamento, con rumbo al quiosco de abajo. Los demás siguieron departiendo más o menos amablemente, hasta que sintieron un grito penetrante e insultos irreproducibles que llegaban por la ventana del living.
-¡¿Qué pasa?!- se asustaron los presentes, mientras se ponían de pie y corrían en tropel hacia el balcón. Una vez allí, todos asomados y mirando hacia la vereda, constataron que el amigo que bajó había sido atacado por toda una jauría de canes surtidos que llevaba un paseador de perros con aspecto de patovica, siendo particularmente agresivos dos mastines napolitanos grandes como pianos que se le habían prendido a ambas piernas y lo zamarreaban cual muñeco de trapo.
Bajaron atropelladamente por la escalera, e intercedieron tratando de calmar a los perros y al paseador (que en verdad no se sabía bien de que lado estaba) tironeando de las correas que debieron sujetar a los titánicos mastines.
No sin grandes esfuerzos lograron liberar al compadre, que fue llevado entre todos a una sala de primeros auxilios cercana. En la confusión, el musculoso vareador de cánidos huyó al trote con sus mascotas sin decir ni buenas tardes.
Mientras el grupo de amigotes esperaba en la vereda de la salita que suturaran al lastimado cofrade, surgió nuevamente el tema.
-¿Vieron lo que les dije? No se extrañen que esto sea obra del Joviet Supremo. Es gente que no tiene escrupulos…
-No jodás, chacho…Esto y todo lo que vos contaste no son más que putas casualidades.
-¿No me creen, ehh? Bueno. Vayan sabiendo que el Joviet Supremo está integrado por gente muy poderosa, con recursos ilimitados, capaz de todo con tal que nada cambie. Ellos saben del poder subversivo del arte, y ven que las vanguardias son muy peligrosas para la continuidad del “Tipical Menduco’s way of life” que han usufructuado por décadas. Es más, a riesgo de mi propia integridad física, les voy a dar algunos nombres. Entre otros, están…
Chacho no pudo terminar la frase. Porque venía pasando un camión cargado de barras bravas que volvían de un partido del Nacional “B”, y desde allí voló una botella de cerveza vacía que le pegó en la cabeza y lo acostó. Sangrando pero consciente (aunque farfullando cosas ininteligibles, tal vez nombres) fue introducido en la salita por sus atribulados amigos, que luego volvieron a salir a la calle no sin mirar en todas direcciones. Mientras los enfermeros le cosían el cuero cabelludo a Chacho, Armando y Toto, el otro sobreviviente, se sentaron contra una pared cuidando no ser blanco fácil para nada ni nadie más. En eso, Fazzio advierte que entre los restos de la botella que había impactado contra la cabeza de Chacho había un papel que, al parecer, venía adentro.
Toto lo agarró, y desplegándolo cuidadosamente, leyó en voz alta un texto garrapateado con fibrón negro: “Cuidado che. Con la Vendimia no se jode. El Joviet Supremo vigila y está en todas partes. Aguante el arte mendocino de verdad, occidental y cristiano. Si a la Virgen de la Carrodilla, patrona de los viñedos. No al vanguardismo disolvente y apátrida. Ojito, ojete”.
Se quedaron helados, sin poder decir una sola palabra. El papel seguía en las trémulas manos de Toto, que al igual que Armando no atinaba a nada. Pasaron así algunos minutos, absortos y aterrados, hasta que Armando dijo:
-Mirá, hermano…ejemmm…sabemos bien que la tarea del arte es subvertir, ofrecer otras visiones de lo que vulgarmente se entiende como realidad y no es más que una de las tantas percepciones posibles del mundo. Si tenemos sangre de artistas, debemos seguir adelante.
-Si, yo tengo sangre de artista. Pero me gustaría conservarla adentro de las venas.
-Estos son verdaderos atentados criminales, y alguien tiene que ser responsable…
-Seguramente, alguien ES responsable, pero eso de que tiene que serlo no lo entiendo. Si fuera como vos decís, esto ya no sería Argentina.
-No te hagas el gracioso. Estoy diciendo que debemos averiguar qué ha pasado y quien está detrás de tantas cagadas.
-Bueno, por mi está bien; pero antes dejá que consulte mi agenda, que ahí creo tener el teléfono del que hizo esto. A ver…si… ¿oíste hablar del Gran Bonete?
-Infeliz…por lo visto voy a tener que mandarme solo. Me voy. Saludame a los muchachos y deciles que mañana los voy a visitar, a ver como siguen. Chau.
Y Armando se levantó, juntando todo el orgullo del que fue capaz y emprendió su solitario camino, disimulando malamente esa extraña sensación de incertidumbre y malestar que en lenguaje técnico se conoce con el nombre de “cagazo”.
¿Cómo seguirá el asunto, ehhh?

Roberto

Pérez

  Productor y conductor radial, musicalizador. Gestor de espacios artisticos. Escritor. Representantes de artistas plásticos. +info:robertomagno@gmail.com